Sale con fritas!
Tenía diecisiete años y promediaba el primer semestre de mi flamante vida lejos de la familia, un período de tiempo más que suficiente para vérmelas cara a cara con dos de los archienemigos del joven del interior devenido en estudiante universitario. Por un lado, me mataba la nostalgia. Por el otro, me estaba muriendo de hambre.
Haciendo acopio de toda su buena voluntad y en un acto de magnánima resignación, mi muy benemérito padre decidió –instado hasta el hartazgo por su señora esposa- tomarse el trabajo de visitarme por unos días y mitigar mi añoranza. Una vez apersonado en el diminuto cubículo que era mi departamento, y habiendo constatado que su primogénito subsistía de milagro a una dieta de puros bizcochitos y mate, el Eduardo me llevó a comer afuera...
Se impone mencionar en este punto que mi papá tiene una especie de sexto sentido para detectar los sitios donde se come abundante y barato, una suerte de instinto, de olfato. Se lo puede soltar en cualquier ciudad del mundo, sin importar lo exótico de sus costumbres o lo enrevesado de su idioma, y no les quepa la menor duda que al cabo de un par de rodeos el viejo acabará descubriendo alguna fonda donde te sirvan un búfalo al horno con guarnición, bebida y postre, todo por cinco guitas. Uno de sus secretos es no dejarse espantar por las fachadas ruinosas ni las nomenclaturas altisonantes que conjuran a la desconfianza, y es así como –con su sabia tutela- uno puede enterarse que los mejores ravioles a la bolognesa se sirven en un cuchitril olvidado de la mano de Dios y bautizado ‘La Dama y el Camionero’, en honor a sus parroquianos más asiduos.
Con el auspicio de esta inefable sagacidad no tardamos en dar con un boliche bastante presentable, que engalanaba su frente con una pizarra donde se anunciaba la especialidad de la casa. Ocupamos una mesa pequeña, algo apartada del gentío, y mientras mi padre hojeaba la carta yo me dediqué a devorar a conciencia el contenido de la panera hasta que nos atendió el mismísimo propietario del local, que era además el mozo y el cocinero, y se hacía llamar ‘Tío Pipo’. Apuré el grisín que me impedía el habla y ordené con gesto triunfante la ‘Milanesa Mostro’, el plato insigne que se había hecho merecedor de figurar en el cartel de la entrada. Se dibujó en el rostro curtido de Pipo una media sonrisa socarrona, un gesto en el que se leía a las claras la duda taimada, la sospecha del fracaso. Lo percibió de inmediato mi viejo, y soltó un ‘¿qué pasa?’ con el mentón adelantado y los párpados a media hasta, como quién adivina un desafío y no mezquina el bulto.
- ‘Mire que sale grande la Mila Mostro, jefe... ¿no la quieren compartir?’- apuntó el Tío Pipo, sopesándome con la mirada.
- ‘No, no... a mi tráigame un bifecito de lomo con ensalada’- retrucó el viejo, con confianza y sin despegar los ojos de la carta.
- ‘Pero... mire que no la va a poder terminar a la milanesa, eh... Es así tan grande, fíjese’- y Pipo abría ostensiblemente los brazos, emulando el gesto al que suelen recurrir los pescadores a la hora de narrar sus hazañas.
- ‘No se preocupe, que éste viene de ayuno prolongado’- y le brillaba al Eduardo el diente de oro, ese que deja asomar cuando se sabe ganador- ‘Va’ver que le limpia el plato’
No pudo resistir el desafío Don Pipo, y con la solemnidad que corresponde a todo restaurantero honorable -la diestra en el corazón por debajo del delantal que alguna vez fue blanco- juró por todos los santos que si yo lograba la proeza de zamparme íntegramente una Milanesa Mostro me haría acreedor de una cena gratuita el día que me quedara más cómodo, sin reparar en gastos... Mi papá aceptó por mi.
Pasaron unos veinte minutos antes de que el Tío Pipo me enfrentara, con exaltado histrionismo, a la rebanada de carne cubierta de pan rallado más grande sobre la que haya posado sus ojos un ser vivo, apenas visible por debajo del generoso reguero de salsa y queso derretido, y flanqueada en todas direcciones por un séquito multitudinario y crujiente de patatas fritas. Aquello no era un plato, era prácticamente un anfiteatro de loza ocupando un tercio de la mesa, una canoa de terracota con su tripulación de frituras, uno de esas barrabasadas construidas por el hombre que pueden verse desde el espacio, la octava maravilla del mundo gastronómico.
Decidí iniciar mi ataque por el extremo norte, el más abundante. Sabía que mis fuerzas flaquearían tarde o temprano enfrentadas a tamaño oponente, de modo que mi estrategia se basó en que ambos –la Milanesa y yo- nos debilitáramos al unísono. El viejo hacía las veces de director técnico, alentándome de a ratos, llenando mi vaso cuando me notaba imposibilitado de deglutir a mis anchas, y respondiendo con altura a las estocadas sarcásticas que el Tío Pipo soltaba al pasar. Hice la primera pausa apenas después de atravesar el ecuador de ese continente de bola de lomo -como para recuperar el aliento y reorganizar la tropa- y volví a la carga cercenando a diestra y siniestra, implacable en la ingesta metódica, conservando aun las formas y los modales en ese avance de una pulgada tras otra.
Un bocado desmedido impuso un segundo descanso, y aunque el sudor me nublaba la vista pude ver que ahí, en el fondo de ese recipiente que quería ser un plato aunque clasificaba para palangana, todavía reposaban unos cuarenta centímetros cuadrados de rebozado churrasco, y las papas casi intactas. Me fingí urgido de ir al baño para caminar algunos metros, con el doble propósito ganar algo de tiempo y brindar algún aliciente a mi tracto digestivo, y noté al pasar que el de la mesa de al lado demoraba sus duraznos con crema para ser testigo del desenlace final.
El último tramo supuso un esfuerzo titánico, un espectáculo obsceno. Mascando con la boca abierta, agarrotadas las mandíbulas, desabrochados los pantalones y jadeando como un cerdo alcancé por fin la orilla opuesta de aquel islote a la napolitana. Ensayaba una suerte de festejo póstumo cuando el Tío Pipo, de pié junto a mi, reveló la presencia de un puñado de papas fritas que habían sobrevivido al atracón en un rincón apartado del plato inconmensurable. Después de eso todo ocurrió en un santiamén: mi padre, conciente de que su esforzado hijo había llegado al límite de su capacidad estomacal, ordenó de improviso una media porción de ensalada de frutas, obligando al implacable Pipo a retirarse. Aprovechando esta fugaz ausencia, y en menos de lo que canta un gallo, el viejo manoteó las papas fritas que encarnaban mi olímpico fracaso y sin detenerse a meditar en las oleosas consecuencias de su arrebato las introdujo en los bolsillos de su abrigo, al tiempo que dedicaba al tipo de la mesa de junto una mirada de súplica...
El Tío Pipo nos extendió un vale por una cena gratis, sin disimular su asombro por lo que –según dijo- era una proeza jamás vista. Ya en el estacionamiento, mientras yo intentaba extenderme cual ballena varada en el asiento trasero del Renault 12, el Eduardo se despedía del sujeto de la mesa contigua y le agradecía su cómplice discreción. Y mientras se encaramaba en su Scania de tres acoplados el tipo le dijo que no era nada, que el entendía... que él también tenía un hijo.