8.9.09

Sale con fritas!

Tenía diecisiete años y promediaba el primer semestre de mi flamante vida lejos de la familia, un período de tiempo más que suficiente para vérmelas cara a cara con dos de los archienemigos del joven del interior devenido en estudiante universitario. Por un lado, me mataba la nostalgia. Por el otro, me estaba muriendo de hambre.
Haciendo acopio de toda su buena voluntad y en un acto de magnánima resignación, mi muy benemérito padre decidió –instado hasta el hartazgo por su señora esposa- tomarse el trabajo de visitarme por unos días y mitigar mi añoranza. Una vez apersonado en el diminuto cubículo que era mi departamento, y habiendo constatado que su primogénito subsistía de milagro a una dieta de puros bizcochitos y mate, el Eduardo me llevó a comer afuera...


Se impone mencionar en este punto que mi papá tiene una especie de sexto sentido para detectar los sitios donde se come abundante y barato, una suerte de instinto, de olfato. Se lo puede soltar en cualquier ciudad del mundo, sin importar lo exótico de sus costumbres o lo enrevesado de su idioma, y no les quepa la menor duda que al cabo de un par de rodeos el viejo acabará descubriendo alguna fonda donde te sirvan un búfalo al horno con guarnición, bebida y postre, todo por cinco guitas. Uno de sus secretos es no dejarse espantar por las fachadas ruinosas ni las nomenclaturas altisonantes que conjuran a la desconfianza, y es así como –con su sabia tutela- uno puede enterarse que los mejores ravioles a la bolognesa se sirven en un cuchitril olvidado de la mano de Dios y bautizado ‘La Dama y el Camionero’, en honor a sus parroquianos más asiduos.

Con el auspicio de esta inefable sagacidad no tardamos en dar con un boliche bastante presentable, que engalanaba su frente con una pizarra donde se anunciaba la especialidad de la casa. Ocupamos una mesa pequeña, algo apartada del gentío, y mientras mi padre hojeaba la carta yo me dediqué a devorar a conciencia el contenido de la panera hasta que nos atendió el mismísimo propietario del local, que era además el mozo y el cocinero, y se hacía llamar ‘Tío Pipo’. Apuré el grisín que me impedía el habla y ordené con gesto triunfante la ‘Milanesa Mostro’, el plato insigne que se había hecho merecedor de figurar en el cartel de la entrada. Se dibujó en el rostro curtido de Pipo una media sonrisa socarrona, un gesto en el que se leía a las claras la duda taimada, la sospecha del fracaso. Lo percibió de inmediato mi viejo, y soltó un ‘¿qué pasa?’ con el mentón adelantado y los párpados a media hasta, como quién adivina un desafío y no mezquina el bulto.

- ‘Mire que sale grande la Mila Mostro, jefe... ¿no la quieren compartir?’- apuntó el Tío Pipo, sopesándome con la mirada.
- ‘No, no... a mi tráigame un bifecito de lomo con ensalada’- retrucó el viejo, con confianza y sin despegar los ojos de la carta.
- ‘Pero... mire que no la va a poder terminar a la milanesa, eh... Es así tan grande, fíjese’- y Pipo abría ostensiblemente los brazos, emulando el gesto al que suelen recurrir los pescadores a la hora de narrar sus hazañas.
- ‘No se preocupe, que éste viene de ayuno prolongado’- y le brillaba al Eduardo el diente de oro, ese que deja asomar cuando se sabe ganador- ‘Va’ver que le limpia el plato’

No pudo resistir el desafío Don Pipo, y con la solemnidad que corresponde a todo restaurantero honorable -la diestra en el corazón por debajo del delantal que alguna vez fue blanco- juró por todos los santos que si yo lograba la proeza de zamparme íntegramente una Milanesa Mostro me haría acreedor de una cena gratuita el día que me quedara más cómodo, sin reparar en gastos... Mi papá aceptó por mi.

Pasaron unos veinte minutos antes de que el Tío Pipo me enfrentara, con exaltado histrionismo, a la rebanada de carne cubierta de pan rallado más grande sobre la que haya posado sus ojos un ser vivo, apenas visible por debajo del generoso reguero de salsa y queso derretido, y flanqueada en todas direcciones por un séquito multitudinario y crujiente de patatas fritas. Aquello no era un plato, era prácticamente un anfiteatro de loza ocupando un tercio de la mesa, una canoa de terracota con su tripulación de frituras, uno de esas barrabasadas construidas por el hombre que pueden verse desde el espacio, la octava maravilla del mundo gastronómico.

Decidí iniciar mi ataque por el extremo norte, el más abundante. Sabía que mis fuerzas flaquearían tarde o temprano enfrentadas a tamaño oponente, de modo que mi estrategia se basó en que ambos –la Milanesa y yo- nos debilitáramos al unísono. El viejo hacía las veces de director técnico, alentándome de a ratos, llenando mi vaso cuando me notaba imposibilitado de deglutir a mis anchas, y respondiendo con altura a las estocadas sarcásticas que el Tío Pipo soltaba al pasar. Hice la primera pausa apenas después de atravesar el ecuador de ese continente de bola de lomo -como para recuperar el aliento y reorganizar la tropa- y volví a la carga cercenando a diestra y siniestra, implacable en la ingesta metódica, conservando aun las formas y los modales en ese avance de una pulgada tras otra.
Un bocado desmedido impuso un segundo descanso, y aunque el sudor me nublaba la vista pude ver que ahí, en el fondo de ese recipiente que quería ser un plato aunque clasificaba para palangana, todavía reposaban unos cuarenta centímetros cuadrados de rebozado churrasco, y las papas casi intactas. Me fingí urgido de ir al baño para caminar algunos metros, con el doble propósito ganar algo de tiempo y brindar algún aliciente a mi tracto digestivo, y noté al pasar que el de la mesa de al lado demoraba sus duraznos con crema para ser testigo del desenlace final.

El último tramo supuso un esfuerzo titánico, un espectáculo obsceno. Mascando con la boca abierta, agarrotadas las mandíbulas, desabrochados los pantalones y jadeando como un cerdo alcancé por fin la orilla opuesta de aquel islote a la napolitana. Ensayaba una suerte de festejo póstumo cuando el Tío Pipo, de pié junto a mi, reveló la presencia de un puñado de papas fritas que habían sobrevivido al atracón en un rincón apartado del plato inconmensurable. Después de eso todo ocurrió en un santiamén: mi padre, conciente de que su esforzado hijo había llegado al límite de su capacidad estomacal, ordenó de improviso una media porción de ensalada de frutas, obligando al implacable Pipo a retirarse. Aprovechando esta fugaz ausencia, y en menos de lo que canta un gallo, el viejo manoteó las papas fritas que encarnaban mi olímpico fracaso y sin detenerse a meditar en las oleosas consecuencias de su arrebato las introdujo en los bolsillos de su abrigo, al tiempo que dedicaba al tipo de la mesa de junto una mirada de súplica...
El Tío Pipo nos extendió un vale por una cena gratis, sin disimular su asombro por lo que –según dijo- era una proeza jamás vista. Ya en el estacionamiento, mientras yo intentaba extenderme cual ballena varada en el asiento trasero del Renault 12, el Eduardo se despedía del sujeto de la mesa contigua y le agradecía su cómplice discreción. Y mientras se encaramaba en su Scania de tres acoplados el tipo le dijo que no era nada, que el entendía... que él también tenía un hijo.


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2.9.09

Carta abierta a mi futuro yerno

Usted, joven, todavía no se ha enfrentado al durísimo trance de conocerme. Me atrevería a suponer -sin miedo a equivocarme- que Usted no se enfrentado aún a ningún trance, considerando la posibilidad de que todavía no haya nacido siquiera. Pero incluso así, mediando entre Usted y yo la vida misma, puedo imaginar su pavura cuando reciba de mis manos esta carta. Conjeturo su sorpresa, el rictus de su boca bajo esa débil sombra que Usted insiste en llamar bigote, el vaivén de sus ojos saltando a toda prisa de una línea a otra... y quiero presumir que retrocederá sobre sus pasos conforme avance la lectura, espantado por la idea que comienza a forjar en su pobre mente de adolescente desaforado, para concluir huyendo a todo galope y sin ninguna elegancia. No se equivoca, muchachito: el colorado rubicundo que se deshace en bufidos de ira en este preciso momento, mientras Usted devora estos párrafos, es capaz de cometer las peores atrocidades que pueda suponer con el único pretexto de saber a su hija a salvo de sus garras atroces.


Al igual que Usted, de momento no tengo el gusto de conocer a mi hija. No obstante, intuyo que llegará algún día, porque nada me aterra más que criar a una niña, y tengo para mi que los dioses encuentran un especial deleite en enfrentarme a mis temores más endiablados. De más esta decir que, llegado el caso, voy amarla con una devoción de fanático religioso, y no habrá para mis ojos de viejo cansado ninguna belleza en el mundo que pueda superar a la suya. El inconveniente es que, mas tarde o mas temprano, a Usted le sucederá lo mismo, y debe comprender que eso es algo que no puede ocurrir... al menos desde mi punto de vista, que es el que impera de momento.

Es completamente inútil que malgaste los pretextos –sean cuales fueren- de los que pudiera valerse su generación para argumentar la licitud de los amoríos púberes, de los besos robados en la penumbra, de la comunión de las almas y los corazones fundidos en un mismo molde. Soy un perro viejo, mal que me pese, y las posibilidades de convencerme con argumentos tan frágiles resultan mas bien escasas.
Pero tampoco olvido que Usted todavía es un jovenzuelo, un imberbe puñado de hormonas que ha relegado su conciencia a los confines más inhóspitos del calzoncillo, buscando plantar la bandera de la rebeldía donde le toque en suerte. Mas temprano que tarde, o quizá en este preciso instante, las atrofias de un instinto revolucionario en ciernes podrían conducirlo a cometer la estupidez de pensar que cuenta con las herramientas necesarias para burlar mi sanguinaria vigilia. Existe la posibilidad de que su instintivo apremio por rendirse a los impulsos de la libido lo convenza de mantener vivo en la clandestinidad su inefable proyecto de revolcarse con mi hijita en algún yuyal, aun a riesgo de sufrir la amputación lisa y llana de sus virginales atributos masculinos. Pero es mi deber informarle que he quebrado algunas lanzas, y conozco las artimañas del oficio...

A partir de este momento, donde mi hija se encuentre estaré yo, vigilando desde las sombras. Toda vez que Usted intente comunicarse telefónicamente con ella será mi aguardentosa voz la que habrá de escuchar. Toda vez que Usted intente el movimiento clásico de fingirse amigo de su mejor amiga para que ésta lo ayude a arrimar el bochín se encontrará con que yo la he sobornado previamente, instruyéndola para que haga todo lo contrario a cambio de un módico estipendio. Muchachotes de fiera apariencia con pasados tumultuosos y abultado prontuario se encargarán de que Usted mantenga los pantalones en su lugar siempre que la intimidad bullanguera de los reductos bailables le provean una excusa para encontrarse con mi hija, y apenas me costará un par de cervezas y algunos atados de cigarrillos. Me disfrazaré de pochoclero los domingos de feria, de portero de escuela, de gigantesca rebanada de pizza publicitaria, todo con tal de mantenerlo en mi línea de tiro, hasta que la certeza presagiosa de mi presencia acabe por obsesionarlo, invadiendo cada rincón de su vida, inundándolo con un terror supersticioso. Estaré en el silbido del viento, en el ladrido de los perros, en los pasos anónimos que se adivinan a retaguardia, en la quietud lacia de las siestas y en laberinto de sus sueños, hasta que el precio a pagar por un revolcón con mi nena sea el de su propia cordura...

De modo que, si aprecia en algo su integridad física y psicológica, le conviene seguir este consejo: desista. Renuncie de inmediato a sus fantasías de estrenar el listado de sus amores de ocasión con el nombre de mi hija y vaya a golpear otras puertas, que si hay algo que sobra son peces en el río con padres descuidados. Pero no se aflija, joven. No pierda las esperanzas. Si en el transcurso de veinte años Usted se presenta en esta casa prolijamente afeitado, vistiendo como conviene a una persona civilizada, ungido con un título universitario que venga a garantizar el futuro que mi niña merece, y se cuadra con sumisión frente a este anciano flamígero, existe la remotísima pero cierta posibilidad de que le convide un café y pretenda oírlo antes de ordenar a mis feroces mastines que lo guíen a la salida.

NOTA: si fallezco antes de que Leia (que habrá de ser el nombre de mi hija, salvo que la Pitu se oponga) cumpla trece años, es el deber de mis familiares y amigos (suponiendo que mi hijo varón, Luke, sea aun demasiado joven para encargarse de la faena) entregar esta carta al primer gañan que intente robar su inocencia. Si algo les impidiera hacerlo y el truhán lograra sus pérfido objetivos, los conmino a cobrar venganza con toda la crueldad que puedan sonsacar del rincón más oscuro y sádico de sus imaginaciones. Mi agradecimiento será eterno.

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28.8.09

Uno que labura...

... se sobresalta con el pitido estridente del despertador, lanzando manotazos erráticos mientras hace el esfuerzo de convencerse que si, que es lunes, que lo que ruge allá afuera es la lluvia y los camiones bocinantes que no lo dejaron pegar un ojo hasta bien entrada la madrugada, que no obstante el impulso instintivo de enroscarse en la frazada dejándose acucharar por ella abrigadora, ella ronroneante de piernas desnudas que entrelazan y encadenan, ella embalsamada de almizcle, ella de la piel de seda y el aliento de cachorro... no obstante ella, y el gélido contraste entre el adentro y el afuera, y el velocísimo proyecto de fingir los síntomas de un fulminante mal que lo exonere del yugo, uno que trabaja se pone de pié en un solo salto, se viste de memoria y –con el humor todavía invicto- le ofrece a los dioses su otra mejilla barbuda.

Pero los dioses jamás dejan pasar la oportunidad de que uno se sienta todavía más miserable, y de repente el tipo que labura descubre que se quedó medio dormido, que es peor que quedarse dormido del todo y madrugarse a las doce del mediodía, experimentar diez minutos de culpa y dedicarse de lleno a no hacer absolutamente nada hasta nuevo aviso, porque quedarse medio dormido lo obliga a uno a apurar un café y lavarse los dientes casi al mismo tiempo, los ojos legañosos e inflamadas las facciones, postergando las ganas de vaciar los esfínteres a conciencia y fingiendo seguir de cerca la descripción minuciosa que ella hace de un sueño en el que abundan personajes inéditos y se suceden acciones capaces de mitigar cualquier entusiasmo.

Allá afuera la tormenta arrecia, y el que la yuga se maldice a si mismo y en diferido por haber desperdiciado las infinitas oportunidades de comprarse un paraguas, se levanta el cuello de una campera obsoleta, un refugio irrelevante frente al muro líquido contra el que habrá de chocarse, y sale a la calle debatiéndose entre el arrojo heroico y la resignación bobina, respirando hondo para sobrellevar la ironía de que las ocho cuadras a pié que lo separan de la oficina ayer eran motivo de orgullo, y hoy se convierten en miseria y desconsuelo. Bastarán apenas dos metros para pisar la primera de muchas baldosas flojas sembradas en el camino aciago del esforzado jornalero, con sus escupitajos lodosos que vienen a completar la labor empapadora del temporal, del aguacero apocalíptico que se bate en retirada en ese preciso momento, como si su único propósito hubiera sido calar hasta los huesos al infeliz laburante que aprieta el paso, que no quiere perder el presentismo, que inventa insultos nuevos con que saludar al solazo flamígero que ocupa su sitio en un cielo ahora desnudo de cirros y cúmulos.

Se inunda de luz el mundo inundado, y uno que labura se detiene frente a un espejo de agua que está a mitad de camino entre el charco y la laguna, intentando localizar un vado que le permita alcanzar la otra orilla, cuando el más desalmado de los automovilistas se atraviesa raudo en su camino engendrando un tsunami en pequeña escala cuya trayectoria coincide trágicamente con la localización exacta del miserable asalariado, que se descubre sorprendentemente fecundo e imaginativo a la hora de componer agravios con que celebrar la memoria de la madre del conductor atroz, de la sabandija sonriente al volante de un rodado de último modelo, del junagransiete en mangas de camisa que se aleja impertérrito, fragante de éxito y perfumes importados, sudando como chancho con chaleco ante el embate de la calefacción central.
Ya puesto a vilipendiar a mansalva, el que la rema y la rema para arrimar unos fideos a la olla no encuentra como detenerse, y mientras aprieta los cantos para ganar velocidad en el lodazal infecto que es la vereda se las toma con todo y con todos, mascullando oprobios en contra de los las ancianas que barren la vereda pudiendo quedarse en la cama hasta el medio día, las cuarentonas inmorales que escogen hacer jogging en lugar de languidecer entre mates y bizcochos, los apostatas del holgazaneo que madrugan con el solo objetivo de pasear al perro, y hasta con los mismísimos perros, que prefieren retozar babeantes en el cenagal que dejó la lluvia en vez de dormitar abrigados al pié del calefactor.

Finalmente, uno que labura consigue llegar al cadalso diario de la oficina con el orgullo de saberse prácticamente un titán, un ejemplo a seguir por todos los vagos inmundos que hilvanaron alguna excusa patética con la que justificar la falta de principios que los ató a la cama, y eso basta para olvidar el frío cortante que astilla los huesos, el trajinar humillante pleno de vicisitudes húmedas, la desazón de saber que lo aguarda una jornada de nueve horas enfundado en esas vestiduras chorreantes. Fantasea el laburante con la sorpresa pintada en el rostro escéptico de un jefe que ya lo tildaba de ausente, y apura el picaporte... y es entonces cuando uno que labura hace sus cuentas, y se reconoce boludo, mojado, madrugador al pedo y cagado de frío, forzando una puerta cerrada a cal y canto en la madrugada tormentosa de un primero de mayo que cayó lunes.

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22.8.09

Ticking away...

Allá lejos y hace tiempo -en mis años mozos- yo supe ser un tipo sociable, de esos que se te aparecen de improviso en el teléfono preguntando que cómo estás, que tanto tiempo sin vernos, que a ver cuando nos juntamos. Parece mentira, pero había una vez un yo que salía de caravana y –en calidad de colado- bailaba el vals con quinceañeras ignotas, que se iba de campamento con los compañeros de curso el día del estudiante, que cerraba los bares al grito de ‘la seguimos en mi casa’, aun a riesgo de desayunarse con dos amigos durmiendo en el sillón, otro en la alfombra, y una completa desconocida en la cama de mi hermano, acurrucada contra el pecho de la profesora de Lenguaje Visual. Así como me ven, encerrado a cal y canto en los confines mismos del barrio El Mondongo, hubo una época que me conoció fiestero, trasnochador y calavera.


Todavía éramos un puñado virginal de mocosos impúberes y granulientos cuando mis amigos y yo comenzamos a adentrarnos en los oscuros vericuetos de la noche trevelinense, tan vacía de contenidos que obligaba –y lo sigue haciendo- a forzar los límites de la imaginación. Quizá a partir de alguna críptica conjura tanto mis padres como los de mis compinches coincidían en darnos solo cinco pesos para financiar nuestros desafueros sabatinos, no dejándonos otra opción que recurrir a las más ruines estratagemas con que sostener la parranda hasta la madrugada. Era tal nuestro ímpetu que llegamos al extremo de apersonarnos en la puerta del boliche de turno a las siete de la tarde, y ofrecimos el honor y nuestros servicios de lavacopas, changarines o barrenderos a condición de que se tolerara nuestra estadía durante el transcurso de la noche. A veces, no quedándonos otra opción, llegamos al punto de trabajar por dinero: Lavamos coches, vendimos revistas, subyugamos pastizales foráneos, cavamos zanjas, oficiamos de cocineros, todo con tal de reventarnos como dios ordena tres días a la semana.

Me vine a estudiar a La Plata, y el panorama se vio drásticamente modificado. El estigma de ser el hijo mayor -conejillo de indias que padece las primeras experiencias de la paternidad- dio un vuelco, porque de buenas a primeras me convertí en el hijito que se va lejos a estudiar, pobre creatoríta, y mis progenitores quisieron hundir sus temores de lejanía y vulnerabilidad otorgándome una tarjeta de débito que accedía directamente a la cuenta del Eduardo, al sueldo de mi padre... las joyas de la familia. Fue éste un período de desacatez galopante, fechorías inenarrables e improvisado dandismo que se justificaba en la adquisición de inexistentes vituallas, el fotocopiado de libros jamás escritos y las visitas a exposiciones de artistas imprescindibles cuyos nombres exhumaba de la guía telefónica. Pero esto apenas fue mi Período Rococó... el Barroco vendría después...

La Pitu y yo nos conocimos, nos embelesamos el uno al otro y terminamos convertidos en feliz pareja en el transcurso de unas feroces parrandas que nos contaron entre sus convidados, y ese fue el tono que imperó en los primeros años de nuestra relación. No hubo ceremonia, convite, festejo o agasajo donde no dijéramos presente con fanática predisposición al bailoteo, alegremente beodos y con la arrogancia endiosada que cuadra a los que se han juramentado en el amor. Las tertulias en ‘La Covacha’ -el departamento que mi novia compartía con dos amigas de la infancia- se sucedían con puntualidad castrense, ganando en adeptos y desenlaces anecdóticos de un sábado a otro. Lo que empezó como unas tímidas reuniones en las que se jugaba al truco y se vaciaban algunas botellas acabó convirtiéndose en un zafarrancho de combate, con fuentones de sangría hábilmente distribuidos en las habitaciones, el living devenido en pista de baile, una mesa de ruleta y los interminables exordios de la administradora del consorcio martillándonos las sienes en la mañana siguiente.
Pero el peso de los años socavó paulatinamente nuestra euforia juvenil, las múltiples responsabilidades contraídas erosionaron con sutil y porfiada constancia el espíritu aventurero y rebelde de los primeros veranos, hasta que la montaña con toboganes de agua que era nuestra vida acabó deviniendo en un sosegado valle en que –muy de tanto en tanto- se puede adivinar alguna elevación tímida, algún chisporroteo vago que resurge entre las cenizas de un pasado flamígero. Las caravanas del sábado por la noche y el dios dirá fueron reemplazadas por alguna que otra maratón de películas con helado, los dos acurrucados en el sillón y batallando contra el sueño. Divertimentos tales como el ‘todito’, el ‘barquito cubano’ o el inolvidable ‘un limón, medio limón...’ constituyen apenas una anécdota incierta, un retazo de evocación apócrifa. En un rincón de mi memoria guardo el puñado de excusas que habré de esgrimir si el repiqueteo del teléfono llegara a ultrajar mi empantuflada quietud, mi jazzistico sosiego, el lánguido trashumar de un libro a otro.

Escribo esto un viernes por la tarde. Allá, afuera, los presagios de una primavera en ciernes invitan al asado, al descorche anárquico, a desempolvar las guitarras para desafinar a coro con los amigos... Escribo esto un viernes por la tarde, encerrado en los confines mismos del barrio El Mondongo de La Plata. Y puedo sentir, mientras escribo, como mis pantalones suben lentamente y las arrugas tejen surcos en mi rostro.

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16.8.09

Panóptico

El lector citadino no dará crédito a mis palabras, pero la verdad es que en los pueblos pequeños no suelen encontrarse cines, teatros o confiterías. Brillan por su ausencia las bibliotecas, las casas de lenocinio, los espectáculos deportivos y la Internet de banda ancha, con lo que las alternativas a la hora de buscar algún entretenimiento se ven drásticamente disminuidas. Forzados por estas adversas circunstancias, los habitantes de estas diminutas poblaciones apenas consiguen sobrellevar el tedio que se sucede entre uno y otro año nuevo. Es así que, a falta de algo mejor que hacer, los que viven en estos pueblos pequeños de los que les he estado hablando suelen dedicar sus vidas a indagar en las vidas del prójimo.


Hay que establecer, no obstante, que la gran mayoría de estos fisgones vocacionales son apenas amateurs, entregados al toma y daca del chusmerío de cabotaje por el simple ejercicio de una tradición atávica que les vino de herencia. Pero están los otros, los compulsivos, los sedientos de información que matan las horas apostados en la ventana con el termo abajo del brazo, vigilantes insomnes de la existencia ajena, los que dedican sus noches a merodear con el auto a la caza de alguna novedad que justifique sus desvelos, esos que persiguen indiscriminadamente y en pijamas a la primer sirena que mancille sus sueños -sea ambulancia, patrullero o camión de bomberos- para asistir a la tragedia en primera fila, y para narrarla luego enfatizando los detalles escabrosos. Son estos sujetos, verdaderos cultores del espionaje, los que transgreden las fronteras del mero entretenimiento para convertir al sano hábito de la indiscreción en un motivo de paranoia generalizada.

El lector citadino no dará crédito a mis palabras, pero la verdad es que en los pueblos pequeños la gente tiene más miedo de lo que puedan decir de ellos que de la peste, y un rumor puede arruinarle la vida a cualquiera, o modificar los hábitos más arraigados. Forzados por estas adversas circunstancias, los habitantes de estas diminutas poblaciones no tienen otra alternativa que viajar a la localidad más cercana para aprovisionarse de licores, analgésicos y preservativos, hacerse la manicura o revolcarse a destajo en la pecaminosa concupiscencia de un amor clandestino. Cuesta creerlo, es cierto, pero la gente de pueblo chico no toma ninguna decisión, por mínima que sea, sin sopesar de antemano la avalancha de comentarios foráneos que ésta habrá de suscitar, y es terriblemente difícil escapar de ellos. Para muestra basta un botón… pero yo tengo dos.

Primera: Cuando El Teto, mi hermano menor, era un adolescente desacatado y anárquico (más o menos igual que ahora, pero con más granos y menos veranos a cuestas) concibió junto a sus compinches la genial idea de pintarrajear algunas paredes de nuestro pueblo. El contenido soez y vulgar de dichas leyendas dio pié a todo tipo de conjeturas acerca de los autores materiales del hecho y se hizo merecedor de largas diatribas por parte de los locutores de las radios locales, pero la cuestión quedo zanjada cuando uno reconoció en las pintadas la caligrafía vacilante de mi escasamente alfabetizado hermano. Y cuando digo ‘uno’ no me refiero a un perito calígrafo, sino a un fulano cualquiera que registró en su memoria el hecho de que el Teto empieza a dibujar las letras desde abajo, a contramano de la gente normal.

Segunda: Podría decirse que, si uno se aleja de la cotidianeidad pueblerina durante un tiempo respetable, el reencuentro con ciertos comportamientos que antes resultaban frecuentes se nos antoja novedoso e incluso sorprendente. De tal suerte, sucedió que algunos de mis amigos y yo –hijos pródigos que volvíamos al terruño luego de un año de trajín universitario- nos quedamos atónitos ante ese teje y maneje de informaciones quiméricas que antes era cosa de todos los días, y a modo de experimento antropológico decidimos echar a rodar un chisme falso a fin de medir la onda expansiva, y les sugerimos a algunos popes del corre-ve-y-dile que el recolector de residuos acostumbraba hurgar en las bolsas de basura en busca de indicios esclarecedores que revelaran las vergüenzas de todos y cada uno de los trevelinenses, para desperdigarlas luego a los cuatro vientos (si, en mi pueblo alcanza con una sola persona para rejuntar la mugre de todos los demás).
Para el primero de enero del año siguiente descubrimos que más de la mitad de los habitantes del pueblo –incluyendo a mi padre- preferían trasladar por su cuenta, desde sus casas hasta el mismísimo deposito de desperdicios, las botellas vaciadas en la víspera. El objetivo era evitar que se cuele el rumor de sus gestas etílicas durante los festejos de año nuevo.

Bonus Track: Cuenta la leyenda que durante una recorrida nocturna de sábado por la noche, cierto oficial de policía de Trevelin se topó con el vehículo de cierto afamado gigoló local. La estratégica ubicación geográfica del rodado sumada al bamboleo propio de la lid amatoria contribuyeron a acicatear la curiosidad del uniformado, que no pudo contener el impulso de apuntar su linterna al interior del automovil con el oscuro propósito de revelar la identidad de la mujerzuela de turno para carcajearse luego –entre mate y mate- con sus colegas vigilantes. Y dicen que fue tan grande y humillante su sorpresa que terminó huyendo del lugar sin decir esta boca es mía justo cuando el haz de luz lo enfrentó al orgásmico rictus de su propia hija. Para el sábado siguiente, el mentado casanova se reía a mandíbula batiente del polizonte abochornado que había aparecido de buenas a primeras en la comisaría, suplicando por un traslado que lo sacara inmediatamente del pueblo.

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10.8.09

Hay Códigos!

Es un error común en los jóvenes del interior que se radican en la ciudad de La Plata a fin de cursar sus estudios universitarios el creer que, mediando una distancia conveniente entre ellos y la cruel tiranía de sus progenitores, se encuentran por fin en libertad de abandonarse a sus más descabellados, anárquicos, noctívagos, etílicos y hasta me atrevería a decir orgiásticos anhelos festivos. Nada más alejado de la realidad, porque en este mundo de reglas e imposiciones, en esta sociedad sustentada por un conjunto de normas tendientes a fortaleces las relaciones y el equilibrio simbiótico, las tropelías estudiantiles también se encuentran sistematizadas por un atávico compendio de cánones conductuales conocido como ‘El Estatuto’.


Poco o nada se conoce acerca de los orígenes de El Estatuto, aunque se presume que su nacimiento coincide con el de la Universidad Nacional de La Plata y con el arribo de los primeros estudiantes foráneos. Aparentemente, lo que comenzó como un puñado de legislaciones tácitas circulando de boca en boca devino en un grueso volumen de hojas amarillentas, una mezcolanza de caligrafías y grafismos que venían a detallar minuciosamente el accionar ante determinadas situaciones comunes al disoluto estilo de vida del estudiantado. Por desgracia, El Estatuto no escapó del destino fatídico que suele reservarse a todos los documentos invaluables, y buena parte de su contenido se redujo a cenizas durante el incendio histórico del Teatro Nacional, en cuyos sótanos se encontraba temporalmente oculto de las miradas indiscretas. Lo que sigue es apenas un extracto, un vestigio superviviente de esta magnífica obra colectiva.

Art. 33 (De los envases): Todo aquel estudiante que se presente a un festejo portando una o mas cervezas en envases retornables deberá renunciar a la potestad de los mismos, que pasarán inmediatamente a formar parte del patrimonio del anfitrión. La única alternativa para recuperarlos es organizar una tertulia similar en su propio departamento.

Art. 57 (De los sobrantes de bebidas): Siempre que, habiéndose dada por finalizada una festividad doméstica, se encontraran los viandantes ante el hecho poco habitual de haberse agenciado más bebidas de las que han sido capaces de consumir, el dueño del departamento donde se llevó a cabo la jarana asume inmediatamente la custodia del remanente, quedando en libertad de decidir si habrá de aportarlo en el próximo evento social, o si prefiere convertirlo en la piedra fundacional de –pongamos por caso- el festejo de su cumpleaños.

Art. 122 (Sobre las limitaciones a la propiedad privada): Cualquier excentricidad gastronómica remitida a un estudiante en el interior de una encomienda deberá ser inmediatamente declarada y compartida con el círculo íntimo de sus amistades, así se trate de un paquete de galletitas de agua y unas latas de jamón del diablo, o de un taper colmado de milanesas de pollo artesanales. El ocultamiento de tales envíos será castigado con el escarnio público y toda suerte de apodos chuscos.
Adenda al Art. 122: Tampoco es lícito dejar de recibir a los amigos cuando la madre de algún estudiante se encuentre de visita, y mucho menos si la señora mamá se destaca en las labores culinarias.

Art. 371 (Sobre la multiplicación de los panes): Donde comen dos estudiantes también comen tres, o cinco, o diez. De tal suerte, queda estrictamente prohibido dejar afuera de una cena a los compañeros relegados que se aparezcan de improviso y a último momento. Como paliativo salomónico, los últimos en llegar deberán aportar tantos paquetes de fideos, arroz o polenta como sean necesarios para que el guiso alcance para todos.

Art. 579 (De los estamentos jerárquicos): El locatario del departamento en el que se desarrolla el jolgorio tiene el derecho divino e inalienable de utilizar el mejor y más voluminoso cáliz disponible para escanciar su bebida. El resto de los convidados tendrán que conformarse con el vaso que les toque en suerte según el orden de llegada, correspondiéndole a los últimos en arribar y a los amigos del amigo de un amigo la utilización de tazas, cuencos, escudillas y eventuales floreros.

Art. 754 (Sobre la hospitalidad regia): El estudiante que se vea imposibilitado de retornar a su morada luego de una fiesta –sea por el motivo que fuera- y acepte la hospitalidad del anfitrión, contrae inmediatamente la obligación moral de colaborar con la limpieza al día siguiente. Por su parte, el anfitrión debe suministrar alimentos y analgésicos a su huésped hasta la caída del sol, evento astronómico que habilita al dueño de casa a desalojar al parásito que le acapara el sillón con los métodos de persuasión que considere convenientes.

Art. 888 (De los esfuerzos mancomunados): Siempre que un convite se prolongue más allá de lo esperado, agotándose las reservas de elíxires dionisíacos, se procederá a solicitar un aporte monetario personalizado cuyo monto variará según las posibilidades económicas de cada interpelado. En tales casos, cualquier atisbo de tacañería acreditará un castigo que puede ir del abucheo popular a la manteada lisa y llana. Solo se exime de colaborar a las mujeres hermosas y al guitarrero de turno, por constituir ambos el andamiaje de toda reunión animada.
Adenda al Art. 888: También se excusará de participar de la vaca al dueño del departamento en el que se desarrolla la conga, siempre que esta se descarrile lo suficiente como para prever consecuencias nefastas que afecten al patrimonio material del locatario.

Art. 1022 (Sobre el apoyo académico): Todo estudiante hecho y derecho debe tomar nota del número de legajo de sus compañeros, a fin de dar el presente en su nombre siempre que estos se vean imposibilitados de apersonarse en la cursada.

Art. 1234 (De los rituales atávicos): Las únicas excusas válidas para dejar de asistir a un compañero que atraviesa el trance de mudarse o de pintar el departamento son la inminencia de un final, una fractura expuesta de tibia y peroné, o que se haya concertado una cita con una persona del sexo opuesto justo en la misma fecha del evento mudanza / pintada. Si el caso fuera este último, solo se revestirá de validez en el caso de que la entrevista se haya programado con anterioridad a la notificación del mencionado evento, y que el implicado tenga al menos un 70% de probabilidades de éxito. Por otra parte, el estudiante que se muda / pinta su departamento se obligará a compensar el esfuerzo de sus camaradas corriendo con los gastos de las primeras seis cervezas, o su equivalente en fernet.

Art. 1470 (Sobre la libertad de expresión): En toda reunión extracurricular, solo es lícito mantener una conversación relacionada con cuestiones académicas durante más de quince minutos cuando la totalidad de los presentes cursan la misma carrera, o en el caso poco probable de que el parloteo facultativo forme parte de una estratagema para atraer al sexo opuesto.
Adenda al Art. 1470: Si cualquier estudiante obtiene cualquier tipo de atención amorosa por parte de una persona del sexo opuesto basando su estrategia en un charla cimentada en asuntos universitarios, se convertirá en un inmediato merecedor de las más sinceras muestras de admiración por parte de sus camaradas.

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